Pensar la reproducción de la vida en el marco de la degradación de los territorios y la dignidad como horizonte

Pensar la reproducción de la vida en el marco de la degradación de los territorios y la dignidad como horizonte

  • Redacción FMO
  • Abril 7, 2026
  • 8 minutos

En tiempos donde la palabra “crisis” parece volverse cotidiana, vale la pena detenernos a pensar qué está realmente en juego.

¿De qué hablamos cuando hablamos de la reproducción de la vida? No se trata solo de nacer, crecer y sobrevivir. Se trata, sobre todo, de las condiciones materiales, simbólicas, sociales, culturales y ambientales de existencia que hacen posible sostener la vida cotidiana.

Hoy, esas condiciones están profundamente atravesadas por procesos extractivos que configuran los territorios y los grupos poblacionales que los habitan. Mientras algunos espacios concentran recursos, infraestructura y servicios, otros son relegados, expuestos a la precariedad, al abandono estatal, procesos de segregación y distintos efectos en materia ambiental que profundizan la desigualdad ya existente y la brecha entre las poblaciones:
sequías, incendios, desnutrición, contaminación, envenenamiento, saqueo, entre otros.


La degradación de los territorios es el resultado de decisiones políticas, económicas y sociales.

En los primeros meses de este 2026, esto se volvió evidente de forma concreta:

  • Los incendios en el sur arrasaron miles de hectáreas, afectando ecosistemas enteros y poniendo en riesgo comunidades, viviendas y formas de vida.
  • Las inundaciones en el norte dejaron a su paso pérdidas materiales, desplazamientos forzados y una profunda barbarie social.

Estos eventos no pueden leerse como hechos aislados o meramente climáticos. Se inscriben en un contexto de distorsión socio-ambiental, pero también de desigualdad estructural y falta de planificación, interés y decisión por abordar la cuestión en disputa.

Allí donde el territorio ya estaba degradado o desprotegido, los impactos fueron mucho más severos.


A esto se suma un debate clave que vuelve a instalarse en la agenda pública: la búsqueda de reformar la Ley de Glaciares.

Una ley que ha sido fundamental para proteger reservas estratégicas de agua dulce y ecosistemas frágiles. Su posible modificación abre interrogantes sobre qué tipo de vida nos espera y qué consecuencias puede tener sobre territorios ya tensionados por actividades extractivas, como:

  • avance petrolero off-shore
  • despliegue inmobiliario urbanizador
  • minería o fracking
  • turismo
  • caza y pesca indiscriminada
  • agronegocios

Pero esta problemática no afecta a todxs por igual.

Las poblaciones más vulneradas —colocadas en un lugar subalterno y/o de subordinación según su género, raza-etnia, cuerpo, entre otros factores— pertenecientes a la clase que vive y necesita vivir del trabajo (comunidades rurales, pueblos originarios, barrios populares, etc.) son quienes enfrentan con mayor crudeza las consecuencias.

Allí, la reproducción de la vida implica esfuerzos cotidianos mucho más intensos:
garantizar alimentos, acceder al agua potable, sostener redes de cuidado, estrategias de hábitat, limpieza de residuos, atención a la salud, vivienda, entre otros.


Frente a este escenario, también emergen resistencias y alternativas.

Experiencias comunitarias, economías populares, prácticas de cuidado colectivo y defensa del territorio nos muestran que hay otras formas posibles de habitar y sostener la vida.

Formas que priorizan lo común, lo colectivo y lo sustentable, como contrahegemonía a la acumulación de capital, el individualismo, la meritocracia y el sistema de propiedad privada.


Pensar la reproducción de la vida en este contexto es, entonces, una invitación a cuestionar el modelo actual: de consumo, de hábitat, de alimentación, de cuidado, de transitar la vida cotidiana y los territorios.

Es, sencillamente, una propuesta orientada a imaginar otros horizontes.
A preguntarnos cómo y por qué algunas vidas importan, qué territorios se cuidan y cuáles se sacrifican.

Porque, al final, no se trata solo de sobrevivir, sino de construir condiciones dignas para vivir.
Y esa tarea, necesariamente, es colectiva.


Swier, Marcelo.